«Nada reseñable» Jonás Vega Morera

¿Os imagináis que al abrir la boca escuchásemos, de repente, la voz de otra persona
saliendo de nuestra garganta? Sería de lo más extraño. No solo por el sonido ajeno, sino
por la sensación inmediata de haber sido desplazados, de que alguien ha ocupado
nuestro lugar.
Ahora imaginemos algo distinto: un cuarto sin ventanas, una mesa y un micrófono
encendido. Frente a él, nosotros mismos, obligados a grabar nuestras palabras con voz
impostada, no para decir lo que pensamos, sino para que otros las repitan luego.
Permanecer en la sombra, sabiendo que otra persona será admirada por ideas que no le
pertenecen. Y lo más difícil de todo: hacerlo por voluntad propia, por la excusa del dinero,
o tal vez, simplemente, por amor a las palabras.
Eso es lo que lleva años haciendo Fran, el protagonista de Nada reseñable, cuyo trabajo
como autor fantasma para una gran editorial lo obliga a escribir libros que firmarán otros:
presentadoras de televisión, políticos, influencers… e incluso una bruja famosa que
asegura ser hija ilegítima del Generalísimo.
Este tipo de vida hace que Fran se sienta un don nadie, un impostor atrapado entre la voz
propia y la prestada, un fraude. ¿Quién no se ha sentido así alguna vez? ¿Quién no ha
pensado que no era suficiente, que, de alguna manera, se había conformado con las
migajas en lugar de atreverse a reclamar la hogaza completa?
Jonás Vega Morera, con una prosa sencilla y de gran belleza, nos introduce en un
laberinto de espejos a varias voces, donde pasamos de vernos reflejados en un escritor
que no acaba de encontrar su lugar en el mundo, a su antagonista, Marcelo Durán, un
exministro de dudosa reputación, acusado de abuso de menores, para quien Fran debe
redactar unas memorias que blanqueen su imagen. Al mismo tiempo, el lector puede

asomarse a la visión de Fran de niño, que viaja en sueños cada noche a sus recuerdos
del pueblo, junto a una abuela que huele a flores y a Heno de Pravia, y a su tío, el
funerario, los únicos que parecen comprenderlo y aceptarlo tal como es.
La frialdad del escritor maduro, que se siente aislado y excluido del mundo editorial,
contrasta con la ternura del niño que busca su lugar en un mundo que margina a quienes
son diferentes o muestran una mayor sensibilidad. Lo que nos recuerda que, en el fondo,
seguimos siendo ese niño lleno de curiosidad e ilusión que una vez fuimos y que, a veces,
deberíamos detenernos para escucharlo y dejarnos guiar por él.
Nada reseñable habla de la soledad y de la pérdida, pero también de la pasión y de la
búsqueda de la identidad, incluso en la edad adulta. Es, además, un estupendo ejercicio
de metaliteratura, con un gran uso de la ironía, donde el autor nos muestra las costuras
del mundo editorial y las dificultades del oficio de escritor: «El proceso de escritura es
lento, doloroso (…), hay siempre un tiempo en que uno no sabe bien hacia dónde va, ni
tan siquiera si va». Es precisamente en ese espacio de duda y de búsqueda donde surge
lo que nos hace humanos y donde la escritura se convierte en un reflejo de nosotros
mismos, recordándonos que todo creador deja parte de sí en cada palabra que escribe.
Como dice el autor, «detrás de cada escritor hay algo más que literatura: hay vida, miedo,
memoria y furia». De ahí la importancia de atrevernos a hablar con voz propia, con fuerza,
para que se nos oiga bien, siendo dueños de nuestras palabras y dejando, por fin, de ser
esclavos de nuestros silencios. Esto es algo que, sin lugar a dudas, Jonás Vega Morera
logra con gran maestría en esta novela, invitándonos a explorar la complejidad del alma
humana y recordándonos que, al final, cada palabra escrita es un acto de valentía y de
autenticidad. Espero que la disfrutéis tanto como yo y que nunca permitáis que nadie os
arrebate la voz.