La historia no se hereda: se cuida

Reflexiones tras mi ingreso como miembro de número del Instituto Canario de Estudios Históricos «Rey Fernando Guanarteme»
Por Vidal Bolaños

Hay noches que no terminan cuando se apagan las luces de un teatro. Noches que continúan dentro de nosotros, obligándonos a mirar hacia atrás, a preguntarnos de dónde venimos y, sobre todo, qué responsabilidad adquirimos con quienes vendrán después.

La noche del 23 de julio de 2026 ha sido una de ellas.

En el Teatro Consistorial de Gáldar, dentro de las Fiestas Mayores de Santiago, recibí mi nombramiento como miembro de número del Instituto Canario de Estudios Históricos «Rey Fernando Guanarteme». Pronunciar estas palabras todavía me emociona. No porque las entienda como la llegada a una meta, sino porque representan el comienzo de una obligación nueva: estudiar con rigor, escuchar con humildad y contribuir a que la historia de Canarias no quede encerrada en archivos, vitrinas o discursos reservados para unos pocos.

Durante el Capítulo Extraordinario se dio la bienvenida también a Pablo Esper-Chain Ojeda, Javier Gil Pérez, Magdala O’Shanahan Socorro y Luz Marina Medina Mejías. La ceremonia contó con la lectura histórica de Antonio Becerra Bolaños, doctor en Filología y profesor universitario, dedicada a Andamana, y concluyó con el tradicional recorrido hasta la Plaza de los Heredamientos y la ofrenda floral a Fernando Guanarteme.

Pero ¿qué significa realmente formar parte de una institución histórica?

Una institución nacida para cubrir un vacío
El origen del actual Instituto se remonta a 1981, cuando la Consejería de Presidencia del Gobierno de Canarias aprobó la inscripción de la entonces Asociación Canaria de Estudios Históricos Rey Fernando Guanarteme. En aquella primera etapa figuraban Ignacio Díaz de Aguilar y Elízaga como presidente, Miguel Rodríguez Díaz de Quintana como secretario y el profesor Celso Martín de Guzmán como responsable de publicaciones.

La entidad nació con la intención de cubrir lo que sus fundadores consideraban una laguna en el estudio de la historia canaria. Su propósito era conservar y estudiar las tradiciones históricas, culturales y genealógicas de los antiguos habitantes de las islas, defendiendo la investigación minuciosa, el análisis crítico de las fuentes, el rigor metodológico y la claridad expositiva. En 1988 adoptó la denominación de Instituto Canario de Estudios Históricos Rey Fernando Guanarteme.

Esas palabras, escritas hace más de cuatro décadas, conservan toda su vigencia.

Vivimos en una época en la que circula una cantidad inmensa de información, pero información no siempre significa conocimiento. Una frase repetida miles de veces en las redes sociales puede parecer verdadera sin serlo. Una leyenda puede terminar presentándose como un hecho demostrado. Una interpretación interesada puede imponerse sobre los documentos simplemente porque resulta más cómoda, más emotiva o más útil para alimentar determinadas posiciones.

Por eso sigue siendo necesario defender la investigación rigurosa.

El rigor no le quita emoción a la historia. Al contrario: la protege de la manipulación. Nos permite acercarnos a las personas del pasado no como personajes planos, sino como seres humanos enfrentados a sus propias contradicciones, temores, decisiones y circunstancias.

Investigar también es devolver la voz
Entre 1986 y 1989 el Instituto publicó seis números de su revista, con una presencia importante de estudios genealógicos y trabajos dedicados a documentar la descendencia de miembros de la familia Guanarteme. Asimismo, su sede de la plaza de Santo Domingo, en Las Palmas de Gran Canaria, dispone de una biblioteca especializada en asuntos históricos y en publicaciones genealógicas de España y América.

En ocasiones se piensa que la genealogía consiste únicamente en elaborar árboles familiares, reunir apellidos antiguos o buscar antepasados ilustres. Sin embargo, estudiada con profundidad, puede mostrarnos mucho más.

Cada partida de nacimiento, testamento, carta, expediente o registro matrimonial contiene una pequeña pieza de la vida colectiva. Esos documentos permiten reconstruir desplazamientos, uniones familiares, desigualdades, propiedades, pérdidas, conflictos y formas de organización social.

También revelan silencios.

¿Quién tuvo la posibilidad de dejar documentos y quién desapareció de ellos? ¿Por qué unas familias aparecen con abundante información y otras apenas dejaron rastro? ¿Cuántas mujeres fueron mencionadas solamente como esposas, hijas o madres, sin que se recogieran sus pensamientos, trabajos o decisiones? ¿Cuántas personas humildes construyeron nuestra sociedad sin que nadie escribiera sus nombres?

Investigar la historia no consiste únicamente en recordar a quienes ocuparon el poder. También exige buscar a quienes quedaron fuera del relato.

Andamana y las mujeres que sostienen la historia
La lectura de Antonio Becerra Bolaños estuvo dedicada a Andamana, figura situada entre la historia y la leyenda, presentada por distintas fuentes como una mujer decisiva en la organización política y familiar de la Gran Canaria prehispánica.

La conferencia examinó cómo historiadores y escritores de diferentes siglos proyectaron sobre ella sus propios ideales políticos y sociales. Cada época construyó, en cierta manera, su propia Andamana: reina, madre, fundadora, símbolo o personaje literario.

Esta reflexión debería hacernos pensar.

Cuando contamos el pasado, no hablamos únicamente de quienes vivieron entonces. También revelamos nuestras preocupaciones actuales. Seleccionamos unos acontecimientos, destacamos determinados nombres y dejamos otros en segundo plano. Toda sociedad decide qué recuerda, qué celebra, qué cuestiona y qué prefiere olvidar.

Durante demasiado tiempo, numerosas mujeres aparecieron en la historia de Canarias como figuras secundarias, aunque fueran esenciales para sostener familias, transmitir conocimientos, preservar costumbres, administrar bienes, educar a nuevas generaciones o mantener la cohesión de sus comunidades.

Recuperar sus nombres no es corregir el pasado desde una moda presente. Es ampliar nuestra mirada para acercarnos a él con mayor justicia.

Fernando Guanarteme y el derecho a la complejidad
El Instituto lleva el nombre de una de las figuras más debatidas de la historia de Canarias: Tenesor Semidán, bautizado posteriormente como Fernando Guanarteme.

Su figura ha sido interpretada desde perspectivas muy diferentes. Para algunos representa la negociación y la supervivencia en un momento límite; para otros, la rendición o la colaboración con los conquistadores. Reducirlo a héroe o traidor puede ser sencillo, pero probablemente no sea suficiente para comprender la dureza del tiempo que le tocó vivir.

La historia pierde su función cuando se convierte en un tribunal desde el que juzgamos el pasado utilizando únicamente las certezas del presente. Comprender no significa justificar. Significa estudiar los contextos, analizar los testimonios disponibles y aceptar que las decisiones humanas casi nunca son completamente puras, sencillas o libres.

El Capítulo Extraordinario que el Instituto celebra anualmente en Gáldar, dentro de las Fiestas de Santiago, mantiene precisamente ese diálogo con el pasado. En él se ofrece una lección histórica, se recibe a los nuevos miembros y se realiza posteriormente la ofrenda ante el monumento dedicado a Fernando Guanarteme. Esta tradición comenzó en 1986 y, salvo algunas excepciones, ha mantenido su continuidad durante décadas.

En 2018, el Ayuntamiento de Gáldar concedió al Instituto la Medalla de Oro de la Ciudad, reconociendo su trabajo en la conservación y el estudio de las tradiciones históricas, genealógicas y culturales de los antiguos habitantes de Canarias, así como su dedicación a la figura del último guanarteme de Gáldar.

Un nombramiento no es una medalla que se guarda
Recibir este nombramiento en mi ciudad, a pocos metros de lugares por los que transcurrió una parte decisiva de nuestra historia, tiene para mí un significado profundamente personal.

Gáldar no es solamente el lugar donde nací y donde he desarrollado buena parte de mi vida. Es un territorio en el que el pasado continúa dialogando con el presente. Está en sus calles, en sus yacimientos, en sus barrios, en sus archivos, en las historias de nuestros mayores y en los nombres que pronunciamos muchas veces sin detenernos a pensar qué significan.

Pero amar la tierra no puede consistir únicamente en elogiarla.

Amar un lugar también significa estudiarlo, cuestionarlo, señalar sus olvidos y proteger aquello que corre el riesgo de desaparecer. Significa acercar la cultura a la ciudadanía y evitar que el conocimiento se convierta en un privilegio. Significa hablar de patrimonio no solo cuando existe una celebración, sino también cuando un documento se deteriora, una tradición se banaliza o la memoria de una persona mayor desaparece sin haber sido escuchada.

Ser miembro de número de una institución de estas características no debería entenderse como un reconocimiento para colocar en una pared. Debe ser una llamada al trabajo.

Una invitación a leer más y afirmar menos.

A investigar antes de repetir.

A preguntar antes de sentenciar.

A escuchar a quienes saben y también a quienes nunca tuvieron la oportunidad de escribir un libro, pero conservan una memoria imprescindible.

La historia pertenece a todos
Las instituciones culturales tienen hoy un desafío fundamental: abrir puertas.

El conocimiento histórico debe llegar a los centros educativos, a los barrios, a los medios de comunicación, a las familias y a las nuevas generaciones. Debe expresarse con rigor, pero también con un lenguaje comprensible. Una investigación que nadie logra conocer corre el riesgo de convertirse en un tesoro guardado en una habitación cerrada.

La historia puede enseñarnos que ninguna sociedad aparece de la nada. Que nuestros derechos fueron conquistados por otras personas. Que cada decisión colectiva deja consecuencias. Que los pueblos que pierden su memoria terminan aceptando relatos fabricados por quienes desean decidir por ellos.

También puede enseñarnos humildad.

Antes de nosotros hubo otras personas convencidas de que su mundo sería permanente. Construyeron casas, defendieron ideas, amaron, discutieron, tuvieron miedo y soñaron con un futuro que finalmente somos nosotros.

La pregunta inevitable es: ¿qué memoria dejaremos nosotros?

¿Qué dirán de nuestra manera de cuidar el patrimonio? ¿Qué documentos conservarán? ¿Qué silencios reprocharán? ¿A quiénes estamos dejando hoy fuera de la historia?

Ponerme al servicio de la memoria
Esta noche he sentido la ausencia de quienes ya no están y que, de una manera u otra, me enseñaron a mirar, escuchar y no olvidar. He recordado las voces familiares, las calles de mi infancia, las historias contadas sin papeles y a todas las personas que han confiado en mi trabajo como escritor y comunicador.

A todas ellas pertenece también una parte de este momento.

Agradezco profundamente al Instituto Canario de Estudios Históricos «Rey Fernando Guanarteme» la confianza depositada en mí. La recibo con emoción, pero especialmente con responsabilidad.

No entro en la historia.

Entro en una institución dedicada a estudiarla, protegerla y compartirla. Y esa diferencia es importante, porque nadie es propietario del pasado. Solo somos sus custodios temporales.

Algún día otros continuarán esta tarea. Encontrarán nuestros textos, revisarán nuestras interpretaciones y quizá corregirán nuestros errores. Eso también forma parte del conocimiento.

Desde esta noche asumo el compromiso de contribuir, desde la escritura, la comunicación y la investigación, a que la memoria de Canarias permanezca viva, accesible y abierta a nuevas preguntas.

Porque pertenecer a una institución histórica no significa situarse por encima de la historia.

Significa ponerse a su servicio.