Lorenza Machín: la mujer que aprendió a volar después del silencio
Hay personas que no caben en una biografía porque su vida no avanza en línea recta: arde, se parte, vuelve, se levanta, se escribe, se dice en voz alta. Lorenza Machín Alarcón pertenece a esa estirpe de mujeres que no pidieron permiso para existir, aunque durante mucho tiempo el mundo les enseñara lo contrario. Nació en La Isleta, Las Palmas de Gran Canaria, en 1946; fue marcada por la infancia entre el Sáhara y Fuerteventura, y regresó a esta última isla siendo una niña de nueve años. Desde entonces, Fuerteventura no fue solo un lugar: fue intemperie, escuela, herida, refugio y raíz.
A Lorenza no la formó únicamente la escuela, porque la vida le cerró pronto esa puerta: dejó los estudios a los once años para trabajar y ayudar en casa. Pero hay inteligencias que no se rinden ante la falta de pupitre. Se hizo autodidacta, buscó conocimiento, encontró en Radio Ecca una vía para abrir más la puerta que ya llevaba entreabierta por dentro, y convirtió la lectura, la conciencia social y la palabra en una forma de dignidad.
Lorenza fue madre, trabajadora, vecina, militante, actriz, escritora, activista. Pero, sobre todo, fue una mujer despierta en un tiempo que prefería a las mujeres dormidas. En los años de la dictadura y en la transición social de las islas, participó en luchas obreras, vecinales, feministas y de izquierdas; distintas fuentes la vinculan a la defensa del trabajo, la paz, la sanidad, la educación, la igualdad de las mujeres y los derechos LGTBIQ+.
Hay en ella una coherencia poco común: no convirtió el activismo en discurso, sino en manera de estar en el mundo. Donde había una injusticia, ella veía una obligación moral. Donde otros veían costumbre, ella veía estructura. Donde muchos callaban, ella aprendió a decir. Y decir, en determinados tiempos, también fue una forma de desobedecer.
Su vida artística no llegó como adorno, sino como salvación. El teatro apareció en su madurez como una tabla de rescate, una manera de sacar del cuerpo los golpes antiguos y devolverlos convertidos en escena, emoción y conciencia. Participó en obras, monólogos y cortometrajes; se la vincula con trabajos como La puta en el manicomio, Novelera, La Luz de Mafasca, Los entremeses de Cervantes y Reflejos de sol, entre otros.
También escribió. Y escribir, en Lorenza, no parece un oficio separado de vivir. Publicó obras como Tres nanas, El jardincillo encantado y Anarán en 2012; Aurora Ocaso en 2017, donde narra una historia de amor entre dos mujeres; y Caminando, antología de 2021 que recoge textos ligados al sentir y la libertad de las mujeres. Además, realizó el documental Mapu Ñuke, Madre Tierra, grabado entre Chile y Fuerteventura, con testimonios de mujeres vinculadas a la tierra y a la lucha feminista.
Pero quizá uno de los capítulos más luminosos de su vida sea aquel en que Lorenza se permitió algo revolucionario: amarse a sí misma a tiempo. Tras décadas de matrimonio con un hombre, su historia cambió en la madurez. A los sesenta años descubrió el amor hacia una mujer y comenzó a contar esa verdad no como escándalo, sino como liberación; no como confesión tardía, sino como derecho.
Ahí Lorenza se convirtió en referente doble: para las mujeres que crecieron creyendo que obedecer era destino, y para las personas mayores LGTBIQ+ que aún cargan silencios, soledades y miedos que otros no ven. Ella ha contado su historia para que la juventud no deje de luchar y para que quienes envejecen dentro del armario sepan que el corazón no caduca.
Sus reconocimientos no son medallas puestas sobre una vida cómoda, sino señales de una trayectoria peleada. Fue distinguida con el Premio Simone de Beauvoir de la Red Feminista de Gran Canaria, con el Premio Meninas por su compromiso con la igualdad y con el título de Hija Predilecta de Las Palmas de Gran Canaria en 2022. La Biblioteca Feminista Lorenza Machín, en Fuerteventura, lleva su nombre como homenaje a su lucha por los derechos de las mujeres, las libertades individuales y el arte como herramienta de transformación social.
En 2025, la exposición Lorenza Machín. Escritura, lucha, vida volvió a reunir esas tres palabras que la explican sin encerrarla: escribir, luchar, vivir. En Puerto del Rosario, ella misma dijo que, aunque nació en La Isleta, cuando le preguntan de dónde es responde que de Fuerteventura, porque esa isla se lo dio todo desde el principio.
Y tal vez ahí esté la clave: Lorenza no pertenece a un solo sitio, sino a todas las personas que alguna vez necesitaron una voz para atreverse. Pertenece a las mujeres que trabajaron demasiado pronto, a las que estudiaron tarde, a las que amaron en secreto, a las que se divorciaron de una vida que no era vida, a las que subieron a un escenario para decir lo que dolía, a las que hicieron de la ternura una trinchera.
Lorenza Machín es una mujer con mayúscula porque su grandeza no nace de haber sido perfecta, sino de haber sido verdadera. Porque no escondió sus grietas. Porque convirtió sus pérdidas en palabra. Porque en vez de jubilar el deseo, lo defendió. Porque no aceptó que la edad fuese una mordaza. Porque luchó por todas y, al final, también aprendió a luchar por sí misma.
Su nombre no suena a estatua: suena a camino.
No suena a final: suena a comienzo.
No suena a homenaje quieto: suena a mujer caminando, todavía, con el corazón encendido.

